Hábito franciscano
La evolución
Aunque la Semana Santa parezca inmutable, ésta cambia constantemente. No siempre los hábitos han sido iguales. La situación económica, las modas e incluso las leyes han condicionado la estética de las cofradías. En el último siglo, la Cofradía de la Orden Franciscana Seglar también ha visto cómo su presencia en la calle ha ido evolucionando. Eso sí, siempre con la austeridad como base.

1931
Los hermanos visten una sencilla túnica, cíngulo y escapulario servía para vestir a los hermanos. En la imagen junto a la Cruz de San Diego (hoy en Santa Isabel) y el estandarte. FOTO: El Norte de Castilla.

AÑOS 40
Los cofrades visten capirote, armado en filas, sin armar quienes empujan el paso de la Santa Cruz (hoy en las Descalzas Reales). Aún no hay medalla, pero sí escudo de la cofradía en el pecho y zapato oscuro. Además de portar hachones de cera natural. FOTO: Archivo Municipal.

AÑOS 60
El hábito toma un color marrón, capa de 3/4 y guantes blancos. Además en el hombro se incorpora el escudo de los santos lugares y todos los cofrades, además de cíngulo, llevan la medalla de la cofradía. El calzado es mayoritariamente zapato negro, aunque aparecen las sandalias. FOTO Michel Fernández.

2010
Recuperación del hábito franciscano hecho en lana de estameña. Se completa con un capirote con el escudo de los santos lugares o esclavina franciscana. Cínculo con los tres nudos y la corona franciscana y se generaliza el uso de sandalias. Se prescinde de los guantes. FOTO: Chema Concellón.
¿Por qué un hábito austero?
Según las crónicas de uno de los principales discípulos de San Francisco de Asís, Tomás de Celano, cuando el padre de San Francisco lo emplazó cuando el padre de San Francisco lo emplazó a comparecer ante el Obispo de la ciudad para que renunciara ante él a todos los bienes materiales y le entregara todo lo que poseía, San Francisco, se quitó y tiró todos sus vestidos y tan siquiera retuvo los calzones «quedando ante todos del todo desnudo».
San Francisco protegido por el Obispo Guido de Asís. Z. G. VELÁZQUEZ-M. EL PRADO
Percatándose el obispo de su espíritu y admirado de su fervor y constancia, se levantó al momento y, acogiéndolo entre sus brazos, lo cubrió con su propio manto. Comprendió claramente que se trataba de un designio divino y que los hechos del varón de Dios que habían presenciado sus ojos encerraban un misterio.
Cubierto de andrajos marcho por el bosque alabando a Dios y a pesar de que fue maltradado por unos bandoleros, continúo su caminar hasta que llegó a un monasterio en el
que permaneció varios días, varios días, sin más vestido que un tosco blusón, trabajando como mozo de cocina, ansioso de saciar el hambre siquiera con un poco de caldo.
Al no hallar un poco de compasión, y ante la imposibilidad de hacerse, al menos, con un vestido viejo, salió de aquí no movido de resentimiento, sino obligado por la necesidad, y llegó a la ciudad de Gubbio, donde un antiguo amigo le dio una túnica.
Como, pasado algún tiempo, se extendiese por todas partes la fama del varón de Dios y se divulgase su nombre por los pueblos, el prior del monasterio, recordando y reconociendo el trato que habían dado al varón de Dios, se llegó a él y le suplicó, en nombre del Salvador, le perdonase a él y a los suyos.
